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Piedra de Toque

En búsqueda de un estilo personal

Erwin Valenzuela

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July 11

Bajo la piel de la indiferencia - Reportaje

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BAJO LA PIEL DE LA INDIFERENCIA

 

Hace un año José, o “Pepe” como le dicen en su casa, corría detrás de una pelota de fútbol. El escudo de Alianza Lima cubría su camiseta y su corazón. Eran días felices. Ahora tiene que apoyarse en su hermano menor para levantarse de la cama. Con los meses olvidó qué se siente patear una pelota al igual que su rostro olvidó cómo sonreír.

 

“Pepe” es uno de los casi ocho mil niños que sufrieron quemaduras que cambiaron para siempre sus vidas el año pasado. Es distinto por fuera pero tiene el alma tan blanca como la de cualquier niño de siete años.

 

Fuimos a su hogar, una humilde casa del asentamiento humano “Las Flores de Villa” en San Juan de Miraflores. Nos sentamos frente a su cama. Sus padres, Ricardo y Merly, están parados en la puerta de la habitación observando la escena. “Pepe” nos mira con natural desconfianza mientras se abriga con una casaca que le alcanza Pablo, su hermano de seis años.

 

De inmediato le contamos que somos amigos de Carmen, la señora que de lunes a viernes lo ayuda en su terapia de rehabilitación. Apenas nos regala una mueca de aprobación que nosotros interpretamos como una invitación a dialogar.

 

“Ya puedo cerrar el puño”, nos dice el niño a manera de saludo. La ternura que inspira nos deja sin palabras para continuar.

 

 “Pepe” se quemó cuando jugaba en la cocina. El balón de gas explotó. Sus padres están convencidos de que una fuerza celestial lo protegió, pues el fuego debió terminar con su vida pero no lo hizo.

 

“Las quemaduras son difíciles de superar. Algunos nos dicen que los quemados nunca más vuelven a ser los mismos. Pero es más difícil aún cuando no tienes dinero para comprar las medicinas y las prendas que son carísimas”, confiesa resignada la señora Merly.

 

Lo cierto es que tras dos meses en la unidad de quemados del hospital Arzobispo Loayza la familia se quedó sin recursos. Por poner un ejemplo, un pantalón especial para personas quemadas cuesta cerca de 200 soles. Los hogares pobres como el de “Pepe” tienen dos opciones: dejar el tratamiento de rehabilitación o mendigar por ayuda. Esta realidad se agrava cuando las víctimas son de provincias. Lejos de sus centros de trabajo las esperanzas son cada vez más remotas.

 

Una quemadura, según el doctor Marco Garcés, director de la unidad de quemados del hospital Loayza es toda destrucción de la piel producida por agentes térmicos. Es decir, no sólo por el fuego, sino que puede deberse también al contacto con agua e incluso hielo. Así es, el frío también quema. Si no lo cree puede preguntarle a los miles de compatriotas que ahora padecen las heladas en el sur del país.

 

Según el doctor Garcés, la mayoría de pacientes que llegan a su pabellón son mujeres. “El hospital Loayza es, tradicionalmente, un hospital para mujeres. Ya con el tiempo se diversificó pero se mantiene la tendencia. Por lo menos aquí llegan unas quince personas a la semana de las cuales ceca de diez son mujeres”.

 

SEGUNDO HOGAR

El año 1999 se fundó en Lima una organización sin fines de lucro que tiene como fin ayudar a niños con quemaduras en el cuerpo. Se trata de Aniquen, la Asociación de Ayuda al Niño Quemado. Su local está ubicado en Av. 28 de Julio 338 en Jesús María, apenas a dos cuadras del Instituto Especializado de Salud del Niño.

 

Esta organización brinda ayuda psicológica y atención especializada para toda la familia que pasa por el trauma de las quemaduras. Se preocupa sobre todo por los niños como “Pepe”.

 

“Nosotros nos enteramos de Aniquem por el doctor Rodríguez, que nos recomendó este lugar y de verdad estamos contentos. Mi hijo está mucho mejor. Su carita está casi normal. Les damos gracias a todos”, el llanto entrecorta las palabras de la señora Merly. Ella mira a su hijo con el mismo amor de siempre. Ricardo se muestra sereno pero sus ojos delatan la emoción que siente al ver a su hijo luchando por llevar una vida normal.

 

El doctor Raúl Rodríguez es el fundador y presidente de esta institución. Trabaja como cirujano plástico en el pabellón de quemados del Hospital del Niño. Es una persona de trato amable, sus bigotes inspiran confianza. Siempre sintió la necesidad de ayudar a los pequeños.

 

“No se trata de ayudarlos a recuperar la movilidad del cuerpo, esto es más grave. Ellos necesitan recuperar su apariencia. A pesar de que no tenemos el apoyo del Estado, nosotros hacemos todo lo posible por conseguirlo”, nos comenta en su consultorio en Aniquem, donde a diario atiende a decenas de niños tras salir del hospital. Así es el doctor Ricardo, sensible y colaborador. 

 

Pero no está solo. Comparten su maravillosa labor un conjunto de voluntarios y voluntarias que le quitan horas a sus familias para entregarlas a favor de los seres más indefensos. 

 

Carmen Morales trabaja en Aniquem. Ella es una de las tantas personas que ayudan a los niños quemados cuyas familias no cuentan con los recursos necesarios para costear un tratamiento en un hospital del Estado y, mucho menos, en una clínica particular.

 

“Nuestra labor se ve recompensada cuando los niños regresan al día siguiente con ganas de seguir atendiéndose. Nos motiva. Significa que lo que hacemos por ellos les sirve realmente”,  nos comenta Carmen con ese brillo en la mirada que solo tienen quienes se sienten tranquilos con su conciencia.

 

Las horas pasan y al humilde local de Aniquem siguen llegando niños con quemaduras, unas leves, otras de consideración y algunas simplemente deprimentes. Quienes pasan día a día compartiendo esta realidad saben que se han vuelto fundamentales en la vida de los pequeños. Aniquem es un hogar para los niños. Como todo hogar, tiene necesidades. Si usted ha visto a los ojos a un niño con las secuelas de estos accidentes piense cómo se vive detrás de las vendas… Puede dejar de leer y acercarse a colaborar. “Pepe” y el resto de niños estarán más que agradecidos.

 

CUADROS ESTADÍSTICOS DE ATENCIÓN DE NIÑOS QUEMADOS EN ANIQUEM

El cuadro anterior muestra a la izquierda el número de atenciones y actividades y abajo la producción anual por años. De color azul las cifras del 2005, las otras barras son del 2006. En total, el año 2006 hubo cerca de ocho mil casos.

 

                                                                                                                                                                

El cuadro precedente explica el nivel socioeconómico de los pacientes de Aniquem desde su fundación. Entre los pobres y pobres extremos el porcentaje de pacientes llega al 94%.

 

 

El cuadro precedente explica el promedio de edad de los pacientes de Aniquem. Las cifras más altas corresponden a niños cuyas edades fluctúan entre uno y cuatro años.

 

 

 

El último cuadro indica la procedencia de los niños atendidos en Aniquem. Se comprueba que a pesar de tratar de ayudar a todos los niños del país, la precariedad económica obliga a focalizar la ayuda en Lima y sus provincias.

 

Nuevo Periodismo

Erwin Valenzuela Serrano

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June 29

Identidades Peligrosas - Reportaje

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IDENTIDADES PELIGROSAS

¿Se imagina qué pasaría si la persona con la que se piensa casar no es realmente quien dice ser? ¿Si quien le vende un inmueble no se llama como consta en su DNI? ¿Si acaso no está compartiendo labores con un requisitoriado por la justicia? En el siguiente reportaje entérese qué está pasando en nuestro país con aquellos que poseen dos y hasta tres identidades. Un fenómeno que podría causarle más de una sorpresa.

 

IDENTIDADES

Toda persona próxima a cumplir los 18 años de edad debe tramitar su Documento Nacional de Identidad (DNI) en cualquier oficina del Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec). Actualmente también los más pequeños tienen derecho a esta cédula de identidad. Así es. Si, por ejemplo, usted tiene un hijo recién nacido vaya pensando en hacerse un tiempito para gestionarle su DNI. Claro está, su retoño no podrá votar con usted el las siguientes elecciones.

 

A todo esto, ¿se ha puesto a pensar para qué sirve el DNI y a qué responde el empeño del Estado por que todos portemos el dichoso documento?

 

Veamos un ejemplo. Lima posee casi nueve millones de habitantes según cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática. Para poder vivir entre tanta gente es indispensable conocernos. Sólo así podemos tener certeza de con quiénes interactuamos durante el día. La identificación sirve, entonces, tanto para atribuir responsabilidades como para exigir deberes. Permite ordenar la vida social.

 

DNI ERGO SUM (DNI, LUEGO EXISTO)

Si la locución latina que acaba de leer le parece un tanto exagerada sería mejor que lo piense nuevamente. Según la ley orgánica del Reniec[1], el DNI es un documento público, personal e intransferible. No sólo nos permite materializar nuestro derecho a sufragar, sino que también es requisito indispensable para todos los demás actos civiles, administrativos, judiciales y de cualquier otra índole. Sin él no podemos celebrar contratos, obtener un empleo o cobrar un cheque. Es la famosa “muerte civil”, la espada de Damocles post electoral. En buen cristiano significa que sin este instrumento simplemente no existimos.

 

Hacernos con este certificado de existencia es relativamente sencillo. Basta con pagar 23 nuevos soles en el Banco de la Nación, llenar nuestros datos, adjuntar una fotografía tamaño pasaporte sobre fondo blanco y someterse a la ficha dedactilar. [2] 

 

 

IDENTIDADES APÓCRIFAS

En el año 2002 Marcelina Bujaico Canales obtuvo su Documento Nacional de Identidad. Es fácil suponer que, salvo pérdida o destrucción del mismo, la señora Bujaico debió regresar por un DNI nuevo recién a los seis años, lapso de vigencia de nuestro documento de identificación. Pero para qué esperar tanto, se habría dicho la señora Bujaico. A ella se le ocurrió una mejor idea mucho antes…

 

Se dice que los peruanos somos los reyes del ingenio y de la “criollada”. Razones no faltan para confirmarlo. Basta darse una vuelta por el popular y oscuro mundo de Azángaro, a unos pasos de nuestro benemérito Palacio de Justicia. En dicho jirón pululan “tramitadores” que ofrecen desde títulos universitarios hasta partidas de defunción.

 

En este rincón de Lima un DNI fraguado demora entre treinta minutos y una hora. Pero hoy en día la casa tiene una oferta única: obtener un DNI “legal” con los datos personales que apetezca. Un DNI a la carta. Es decir, un Documento Nacional de Identidad emitido por la misma Reniec que, por ejemplo, nos cambie de nombres y/o apellidos, nos rejuvenezca, nos divorcie o nos convierta en profesionales, entre otras bondades.

 

¿Es esto posible? Sí. Al menos para algunas personas como la señora Bujaico sí lo fue. A mediados del año 2005 Marcelina Bujaico Canales logró cambiar de identidad. No era más ella misma. ¿Cómo pudo hacerlo? Probablemente se asesoró con un hábil “tramitador”. Lo cierto es que desde ese año la señora Bujaico pasó a llamarse Marcela Maldonado Camargo, según consta en su segundo Documento Nacional de Identidad. La ex señora Bujaico presentó documentos adulterados al Reniec para lograr una nueva identidad con fines, es de suponerse, nada santos.

 

Al igual que ella hubo más casos. Endy Lastra pasó a llamarse Elquin Quiñónez. Elías Sanabria Marticorena optó por el nombre de Ángel Marticorena Sarabia. Mientras que Leydi Gómez Chávez prefirió que la llamaran Leydi Oyama Florentini.

 

Desde octubre del año pasado Reniec ha identificado a más de dos mil personas con más de una identidad.[3]  Cifra admirable si imaginamos el trabajo que implica comparar las miles de fichas dedactilares para conseguir ese resultado. Créalo o no, pero reconocer dos o más huellas similares demora en promedio treinta segundos.

 

                                   

AFIS

El cotejo mecánico de huellas quedó en el pasado. Actualmente Reniec cuenta con el moderno Sistema Automatizado de Identificación Dactilar, conocido en el mundo como AFIS por sus siglas en inglés (Automated Fingerprints Identification System).

 

Se trata de un sistema que permite comparar millones de huellas dactilares –previamente digitalizadas y cargadas en una base de datos- en apenas unos segundos. Según nos explicó el gerente de informática, Lic. César Augusto López, el universo de huellas o “hits” (como las llaman ellos) es de 18 millones aproximadamente. De dicha cantidad, Reniec ya migró o digitalizó más de 10 millones.

 

Según el experto, son dos las etapas del trabajo. En primer lugar el sistema identifica a los posibles individuos con doble identidad, según la huella dactilar digitalizada. Estos “candidatos” pasan al área de dactiloscopia y grafotecnia, donde los peritos descartan o confirman el fraude de identidad. De verificarse el engaño lo que viene después corre a cuenta del procurador de la institución, quién tras procedimiento sumario procede a trasladar los expedientes al Ministerio Público para la denuncia correspondiente.  

“Son varios los beneficios de este novedoso sistema. Uno de ellos es que permite identificar a las personas que actúan al margen de la ley usando identidades inexistentes. Ahora la ley cuenta con una ayuda invalorable para identificarlas. Pero también está el hecho de la identificación de cadáveres. La digitalización de la huella revelará la identidad del occiso inmediatamente”, comenta el licenciado López.

 

Es correcto. El AFIS permitirá agilizar el trabajo de los peritos de criminalística de la Policía Nacional del Perú y contribuirá a una eficiente labor de investigación. Se superará el procedimiento actual caracterizado por la comparación visual de la huella dactilar con las existentes en las fichas de cartón o cartulina, labor que por su complejidad exige la ayuda de microscopios, lupas y otros. Imagine que se pretenda determinar la identidad de un delincuente cuya huella dactilar fue hallada en el escenario del crimen. El procedimiento actual exige la comparación de la muestra (huella dactilar) con las existentes en las más de 590,000 fichas físicas de delincuentes que obran en los archivos de la dirección de criminalística de la policía. Con el AFIS esto quedará en el pasado.

 

Así como se trabaja identificando a quienes ya poseen esta irregular doble identidad también se examina el día a día. Los cientos de trámites en la Reniec pasan ahora por este riguroso sistema importado desde Francia. Lo sorprendente para el Licenciado López es que la gente sigue intentando obtener más de una identidad.

 

EL CÓDIGO PENAL

Conversamos telefónicamente con el doctor Mario Amoretti Pachas, reputado penalista peruano. Según el doctor Amoretti, esta práctica viola el artículo 428 del Código Penal. “La figura penal aquí es delito contra la fe pública en la modalidad de falsedad ideológica. El art. 428 de la legislación penal vigente sanciona hasta con seis años de cárcel dicha conducta”.

 

LAS MALAS ARTES

Pero qué hace una persona con doble identidad. Los móviles pueden ser muy distintos de un caso a otro. Conozcamos uno de ellos. Se trata de Lizeth Baca Bazauri. Esta señorita tenía el DNI N° 43455669 con sus nombres y demás datos correctos. Pero al parecer no estaba contenta con ellos…

 

En el primer lote de casos debidamente verificados por el AFIS, Lizeth Baca Bazauri es una de las personas acusadas de poseer doble identidad. En dicha relación aparece también con el nombre  de Carmen Minaya Pastor y con el DNI N° 43924847. Reniec anuló la segunda identidad mediante procedimiento ordinario.

 

¿Por qué está señorita tramitó irregularmente una segunda identidad? En el transcurso de esta investigación tuvimos acceso a la dirección que consigna su Documento Nacional de Identidad, el original. Se trata de una vivienda de un piso en el distrito de Comas. La dirección exacta, Jr. Montero Rosas 683 Año Nuevo.

 

Al llegar al lugar no obtuvimos respuesta. La casa estaba vacía. Minutos después llegaron una señora que bordea los 45 años y una niña con uniforme de colegio. Era casi la una de la tarde. La desconfianza en la mujer fue evidente. En consideración a que dicha señora pidió guardar su identidad en  reserva, la llamaremos “Rosas”. 

 

Lo que nos reveló la señora “Rosas” es un ejemplo de las prácticas que las personas con múltiple identidad hacen en su vida diaria. Le preguntamos por Lizeth Baca. Sus hombros se encogieron. Luego nos confirmó que no la conocía, que en realidad ella era sólo la inquilina de aquel inmueble. Entonces nos quedó el segundo nombre, el falso, Carmen Minaya Pastor.

Al oír la segunda identidad la señora “Rosas” entró en confianza. Afirmó conocerla. “Ella me alquila la casa”, comentó antes de entrar al inmueble y salir con unos documentos. Era el contrato de arrendamiento. Lo firmaba como arrendataria Carmen Minaya Pastor, alguien que ya no existe en el Reniec. ¿Qué otros documentos firma esta mujer con esta segunda identidad y bajo qué intenciones? Así como ella en Lima hay decenas de personas que usan nombres que nunca les debieron pertenecer.



[1] Ley 26497, Art. 26: El documento Nacional de Identidad (DNI) es un documento público personal e intransferible. Constituye la única cédula de Identidad Personal para todos los actos civiles, comerciales, administrativos, judiciales y, en general, para todos aquellos casos en que, por mandato legal, deba ser presentado. Constituye también el único título de derecho al sufragio de la persona a cuyo favor ha sido otorgado. Art. 27: El uso del Documento Nacional de Identidad (DNI) es obligatorio para

todos los nacionales.

[2] FICHA DEDACTILAR. Se trata de impregnar nuestras huellas dactilares sobre una ficha especialmente diseñada para este fin. Las dichosas huellas son irrepetibles en los seres humanos. Así es. Todos poseemos esta marca de la naturaleza que nos diferencia indubitablemente. De ahí que este proceso sea una de las partes más delicadas en la identificación de las personas.      

[3] Mediante nota de prensa, dicha institución comunicó la existencia de 2 194 ciudadanos con varias identidades.

May 06

El "fantasma de la muerte" de Virginia Tech

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EL FANTASMA DE LA MUERTE DE VIRGINIA TECH

«Lo odio. Debo matar a Dick. Dick debe morir. Matar a Dick... Richard McBeef. ¿Qué clase de nombre es ése? El nombre de un imbécil. Y mira su cara, la cara de un imbécil. No me gusta su cara en absoluto. ¿No crees que puedo matarte, Dick? ¿No crees que pueda matarte? Toma. Uno en un ojo. El otro en el otro ojo... Adivina, Dick. ¿Quieres saber algo? ¿Quieres saber por qué no me gustas? No tienes dinero para mi mamá. Apenas ganas el sueldo mínimo. ¡Pedazo de mierda! Eras conserje. Eres un camionero. Mírate, todo gordo y flojo ¿Quieres que te llame papá? Ok, papá. Eres un imbécil»[1].

Este fragmento pudo cambiar la historia. Le pertenece a Richard McBeef, una de las dos obras de teatro escritas por Cho Seung Hui.[2] El odio embalsamado en aquellas líneas transformó Virginia Tech en un reguero de sangre. El mundo entero se conmovió ante la peor masacre estudiantil en la historia de los Estados Unidos.

El silencio de la muerte.

Cho Seung Hui era un enigma para todos, tal vez  también para sí mismo. Solía callar hasta verse tan acorralado que no le quedaba más remedio que balbucear unas cuantas sílabas, bajar la mirada, cerrar los ojos y soportar el rumor de las burlas de sus compañeros. Entre él y el mundo siempre hubo sombras.

La niñez del estudiante surcoreano estuvo marcada por la confusión. Sus familiares no se explicaban el silencio del menor. El abuelo de éste llegó a creer que Cho nunca pronunciaría su propio nombre.

A Cho Seung Hui pareció no importarle que a los ocho años lo diagnosticaran como autista. Había decidido perpetuar su silencio. Sus compañeros de clase no supieron entender su actitud y le endilgaban calificativos como “la sombra”, “el fantasma” o “la pared”.

De pie y con un libro entre las manos, como buscando las palabras que no encontraba dentro suyo, Cho Seung Hui intentaba completar una frase en su imperfecto inglés, pero los murmullos ahogaban su voz una, otra y otra vez. Así pasaba sus días en el Westfield High School de Centreville, el instituto donde se graduaría en 2003.

Su ingreso a la Universidad Politécnica de Virginia fue una prolongación de su resentimiento con una sociedad de la cual nunca se sintió parte. Comía solo, no hablaba con nadie y dormía poco. Se hallaron algunos relatos macabros que dibujan su personalidad. Últimamente solía tomar fotos a las chicas y sobre las imágenes escribir terribles narraciones de muerte. Su conducta era extraña, pero nunca llegó a ser un estudiante popular. Cuando le preguntaban su nombre, Cho Seung Hui fungía el ceño e irónicamente respondía: “Question Mark” (signo de interrogación).[3]

El miércoles 16 de abril sus palabras se multiplicaron como jamás se lo hubiera imaginado él mismo. El mundo entero grabó su mirada, su voz,  su odio. Un vídeo propalado por la cadena internacional NBC -que él mismo envió el día de la masacre- dio la vuelta al planeta: “Ustedes tuvieron millones de oportunidades y formas de evitar lo de hoy pero decidieron derramar mi sangre. Me acorralaron en una esquina y me dejaron  sólo una opción. La decisión fue de ustedes. Ahora tienen sangre en las manos que nunca podrán limpiar".

Producida la masacre de Virginia Tech, los especialistas citaron de inmediato lo sucedido el 20 de abril de 1999. La mañana en la que Eric Harris y Dylan Klebold irrumpieron en la escuela de secundaria Columbine y asesinaron a 12 compañeros de clases y a un profesor antes de suicidarse simultáneamente. Cho Seung Hui tenía entonces 15 años. En ese instante algo cambió en él. Casi ocho años después, ese recuerdo delinearía su propio final.

La peor masacre en Estados Unidos.

Todo empezó a las 7:15 a.m. del lunes 16 de abril. Era primavera. Faltaban tres semanas más para los exámenes finales. La presión entre los alumnos era evidente.

Cho Seung Hui vestía polo negro, chaleco beige y cubría su escaso cabello con una gorra de béisbol. En lugar de ir a recibir sus clases de literatura inglesa –carrera en la cual cursaba el último año- fue directamente hasta la residencia estudiantil West Ambler Johnston con una sola idea: venganza.

En el lugar viven casi 900 alumnos. Cho Seung Hui se dirigió hasta el cuarto piso del edificio e ingresó en la habitación de Emily J. Hilscher. Nadie ha confirmado ni desmentido aún una supuesta relación sentimental entre ambos. Tras una breve discusión, se produjo un disparo. Lo que siguió fue un inquietante silencio. Emily se derrumbó ante su asesino: se había convertido en la primera víctima de una mañana sangrienta.

Alertado por el disparo, Ryan Clark –consejero de dicha residencia - fue a ver qué sucedía sin imaginar que esos eran sus últimos pasos. El surcoreano le disparó a quemarropa. Cho Seung Hui se retiró del lugar mientras veía como la muerte invadía el rostro de su víctima.

Pero hubo más testigos. Alguien dio aviso a 911. Cuando la policía llegó hasta el lugar del crimen ordenó limitar el acceso en el perímetro de la zona. Se iniciaba así la búsqueda del asesino. Algo paso. Los demás estudiantes de la Universidad Politécnica de Virginia no recibieron ningún tipo de alerta. Ignoraban que un desquiciado andaba por algún lugar del campus decidido a terminar con sus vidas.

Aquella escena en el West Ambler Johnston parecía un crimen pasional. Por lo menos así lo creía la policía hasta ese momento. Después de dos horas de búsqueda no hubo resultados, pero sí un desconcierto total. Mientras los efectivos del orden seguían una pista falsa, en el otro extremo del campus Cho Seung Hui cerraba con cadenas las puertas del Norris Hall, edificio donde se enseña ingeniería. Para llegar hasta allí caminó unos tres kilómetros. En ese trayecto se convirtió en un verdadero “fantasma de la muerte”. Nadie se percató de su presencia ni de sus intenciones. Nadie volteó a señalarlo. Esa negligencia sería fatal.

Provisto de una pistola Glock 9mm y una Walther semiautomática, Cho Seung Hui subió hasta el segundo piso del edificio e ingresó intempestivamente al salón 207. Los alumnos que recibían a esa hora lecciones de francés no tuvieron ninguna oportunidad. Las balas que salían de las armas de Cho Seung Hui fueron letales. Muchos murieron con más de tres disparos en el cuerpo.

El “fantasma de la muerte” salió del aula cuando creyó haber terminado con todos. La mayoría agonizaba en el suelo. Los que milagrosamente se mantenían ilesos cerraron la puerta. Cho Seung Hui regresó decidido a rematar a todos. Por más que intentó esta vez no pudo entrar. Entonces cruzó todo el pasillo con furia en la mirada y se dirigió a la clase de francés.

Un peruano murió en este segundo salón: Daniel Pérez Cueva. Su muerte nos acercó más a la masacre. Se trataba de un joven chalaco que viajó a Estados Unidos en búsqueda del éxito, pero cuya vida no le alcanzó para tanto. Daniel logró su traslado a Virginia Tech gracias a sus brillantes calificaciones en la Universidad de Florida. Seguía la especialidad de relaciones exteriores y tenía un sueño: convertirse en embajador del Perú. Esos sueños se apagaron de la manera más absurda.

Todos en el Norris Hall estaban convencidos de que Cho Seung Hui no se detendría. En medio del horror de la muerte, un maestro israelí se inmoló por sus alumnos. Se trataba de Liviu Librescu, un hombre de 76 años que tenía una deuda pendiente con ella: había logrado sobrevivir al Holocausto. Esta vez decidió no escapar más.

El genial catedrático de aeronáutica se interpuso en el camino del asesino bloqueando la puerta con su cuerpo. Desde allí alertó a muchos estudiantes, a quienes les pedía con desesperación que huyesen del lugar. Las balas traspasaron la puerta y su humanidad. 

Cuando Cho Seung Hui logró pasar disparó a diestra y siniestra. El pánico se apoderó de todos. En su desesperación por salvarse de la muerte, algunos alumnos se lanzaron desde las ventanas del segundo piso, otros desde el tercero. Varios de ellos jamás volverán a caminar.

Todo era quietud.

Cuando la policía logró ingresar a la residencia ya todo había terminado. En el Norris Hall reinaba el aroma de la muerte. El cadáver del “fantasma de la muerte” fue hallado con un disparo en el rostro.

El surcoreano de 23 años usó el tiempo entre el primer y el segundo ataque para enviar por correo 29 fotografías en CD y un video a la NBC. Firmó el paquete como “Ismail Ax” (el hacha de Ismael). Un garabato muy similar al que se encontró grabado en uno de sus brazos.

En una de las fotografías se ve a Cho Seung Hui sosteniendo un martillo en actitud amenazante. En otra foto aparece apuntándose la sien con una pistola. Algunos especialistas señalan que esas imágenes son las pruebas de la influencia de la película Old boy en el asesino.

Dicho filme fue ganador en el 2004 del Festival de Cannes. Cho Seung Hui habría fantaseado con la sed de venganza de Dae – Su, protagonista de la cinta surcoreana. La sinopsis de la película da cuenta de un sujeto secuestrado y encerrado sin ninguna razón por desconocidos. Desde la prisión Dae – Su se entera del brutal asesinato de su esposa. Cuando es dejado en libertad -otra vez sin ninguna explicación- emprende una feroz revancha contra un enemigo aún por descubrir.

                    

Consternación familiar.

La familia de Cho Seung Hui se pronunció por intermedio de una carta: “Cho ha hecho llorar al mundo. Estamos viviendo una pesadilla", dice el comunicado.

Los padres del asesino, Cho Sung Tae y Kim Hyang Yim, están bajo protección policial. Duermen en casas diferentes todas las noches, por temor a represalias. Los acompaña Sun Kyung Cho, hermana de Cho y quién firmó el pronunciamiento. Se trata de una licenciada de la Universidad de Princeton que trabaja como contratista para el Departamento de Estado norteamericano que supervisa la ayuda en Irak. Resulta ser la otra cara de la moneda en la familia Cho. Mientras ella tardó apenas un año en integrarse y en dominar el inglés, su hermano nunca logró adaptarse a su nuevo entorno.

Desde Seúl, Kim Hyang Sik, hombre de 82 años y abuelo de Cho exclamó indignado: “¡Mi nieto era un hijo de perra! ¡Fue justo que muriera con sus víctimas!”. En una entrevista para el Daily Mirror, su tía–abuela, Kim Yang Sun, lo describió como un niño callado “que solo respondía con un sí o un no”.

Lenguaje personal.

Virginia Tech cuenta con al menos 26 mil estudiantes. Dos mil de ellos son extranjeros pertenecientes a 115 países. Entre éstos hay 760 surcoreanos. Cho Seung Hui era uno de ellos.

Lo más probable es que Cho Seung Hui inventara su propio lenguaje para gritarle al mundo su desesperación. Lamentablemente, nadie lo entendió.

Una de sus compañeras, Regan Wilder, contó una anécdota que revela como Cho se refugiaba en la soledad, en el silencio: “Cuando le preguntaban algo se encogía de hombros y rara vez pronunciaba dos palabras seguidas. Nunca hablaba en voz alta, sino que murmuraba. Una vez, en clase de español, nos hicieron grabar nuestra voz para escuchar como sonaba. Todos teníamos curiosidad por saber cómo hablaba Cho. El profesor no nos dejó oírlo; nos dijo simplemente que había entregado sus deberes”.[4]

Según sus compañeros de cuarto en Virginia Tech, Joseph Aust y Karan Grewal, Cho disfrutaba ver pasar desde la ventana de su habitación a las chicas más hermosas de la universidad.

En 2005 telefoneó y envió tantos correos electrónicos a una joven que, ante tal actitud, terminó acusándolo con la policía. Pero para Cho Seung Hui ese año traería más decepciones. Esta vez el rechazo de una segunda mujer lo afectó severamente. Le prescribieron tratamiento psiquiátrico. Las autoridades universitarias no han querido brindar información sobre los resultados de dicho tratamiento. Ni siquiera han confirmado si, finalmente, éste se realizó.

¿Se pudo evitar tantas muertes?

Muchas hipótesis se manejaron tras la mañana del 16 de abril en Virginia Tech. Una de ellas denuncia una premeditada negligencia policial. Para dicha tesis, Washington estaría utilizando la matanza para infundir temor en sus ciudadanos, lo cual le daría margen para seguir con su política de seguridad, tan cuestionada en los últimos tiempos.

Lo cierto es que, producidas las dos primeras muertes, el primer aviso se dio casi dos horas después, vía correo electrónico. Hasta ese momento la policía buscaba al hombre equivocado. ¿Qué sucedió? Según la versión digital de El País, la compañera de cuarto de Emily J. Hilscher le dijo a la policía que el criminal era la pareja de ésta. Se trataba de un sujeto que también poseía armas. Cuando lo capturaron fuera del campus se mostró nervioso durante el interrogatorio.

Mientras la policía anunciaba la captura de su sospechoso, en el Norris Hall el “fantasma de la muerte” vaciaba sus municiones sobre sus desdichadas víctimas. Cuando Cho Seung Hui sintió satisfecha su insana sed de venganza, se habría autoeliminado.

Los días pasaron en Virginia Tech y sobre Drillfield -nombre con el que se conoce a la explanada del campus- llovieron flores, fotos, cartas, lamentos e incontables lágrimas. El mundo vio a través de la televisión como se consumían una a una las velas con las que los deudos intentaban iluminar el futuro. Sobre el jardín quedaron 33 piedras que simbolizan a las víctimas de la masacre. Sí, 33. Porque Cho Seung Hui, “el fantasma de la muerte”, fue una víctima más de una sociedad que convive con la violencia y que se autodestruye día a día.

                         

 

33 lamentos.[5]

  1. Emily Hilscher, 18. Fue la primera víctima.
  2. Ryan Clark, 22. Acudió en ayuda de Emily.
  3. Jamie Bishop, 35. Profesor adjunto de alemán.
  4. Ross A. Alameddine, 20. Era un fanático de la música.
  5. Kevin Granata, 46. Profesor de ingeniería. Era uno de los mayores expertos del país en biomecánica. Casado y con tres hijos.
  6. Brian Bluhm, 25. Desarrollaba una tesis sobre los recursos acuíferos.
  7. Austin Cloyd, 18. Estudiaba relaciones internacionales. Activa feligresa de la iglesia metodista.
  8. Jocelyn Couture-Nowak. Profesora de francés.
  9. Daniel Pérez Cueva, 21. Estudiaba relaciones internacionales.
  10. Caitlin Hammaren, 19. Era una magnífica alumna.
  11. Jeremy Herbstritt, 27. Estudiaba un posgrado en ingeniería civil. Quería dedicarse al medio ambiente.
  12. Jarrett Lane, 22. Becado en ingeniería civil. Era su último año.
  13. Matt La Porte, 20. Se entrenaba para salvavidas. Se preparaba para ingresar en la fuerza aérea.
  14. Henry Lee, 20. Su familia emigró de Vietnam cuando tenía 5 años. Tenía un brillante expediente académico.
  15. Liviu Librescu, 75. Sobreviviente del Holocausto, salvó a varios de sus alumnos al intentar impedir que el asesino entrara en el aula.
  16. G. V. Loganathan, 51. Profesor oriundo de la India.
  17. Lauren McCain, 20. Estudiaba relaciones internacionales.
  18. Daniel O’Neill, 22. Se graduó entre los 10 primero de su clase en Ingeniería.
  19. Matthew Gwaltney. Gran jugador de baloncesto.
  20. Rachael Hill, 18. Jugaba al voleibol y tocaba el piano.
  21. Erin Peterson, 18. Se graduó en el mismo instituto que el asesino.
  22. Michale Pohle, 23. Cursaba una especialización en biología.
  23. Juan Ortiz, 26. Llevaba un año de matrimonio.
  24. Reema Samaha, 19. Asistió al mismo instituto que su asesino.
  25. Maxime Turner, 22. Su sueño era dedicarse la cría de perros.
  26. Mary Read, 19. Surcoreana. Quería ser maestra.
  27. Waleed Shaalan. Casado. Llegó de Egipto para titularse en ingeniería.
  28. Leslie Sherman, 20. Aficionada al atletismo, la historia y los idiomas.
  29. Julie Pride, 23. Muy sensibilizada con los problemas sociales.
  30. Nicole White, 20. Sus mayores pasiones eran la religión y los animales.
  31. Minal Panchal, 26. Nacido en la India. Quería ser arquitecto.
  32. Partahi Lumbantoruan, 34. Se iba a doctorar en ingeniería. Su familia en Indonesia había vendido el auto y su casa para pagarle los estudios en EEUU.
  33. Cho Seung Hui, 23. Estudiaba literatura inglesa. Cursaba el último año de dicha carrera. En su explicación al mundo dijo: “(…) gracias a ustedes muero como Jesucristo”.

                                                        

 

                                                                                 Curso: Nuevo Periodismo

                                                                                 Erwin Valenzuela Serrano

                                                                                                                                                              


[1] Tomado de www.elmundo.es.

[2] La otra obra se titula Mr. Brownstone. Ambas historias están llenas de violencia. Los especialistas coincidieron en señalar que los textos eran una señal de alerta que nadie supo reconocer.

[3] Fuente: Caretas / Abril / 2007.

[4] Fuente: www.elpais.com.

[5] Fuente: www.elmundo.es. Además de los fallecidos, 29 personas más resultaron heridas en Virginia Tech.

April 22

Un recuerdo llamado Punchauca - Crónica

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   Un recuerdo llamado Punchauca

 

En Carabayllo el dios sol reinaba más que nunca sobre sus dominios, un cielo entristecido por la pobreza que abraza hace incontables años.

Un arroyo deslizaba su canto bajo nuestros pies. A lo lejos se oía el musitar de las aves entre los cultivos de trigo, caña y algodón.

El escenario perfecto para que ante nosotros se levante las persianas del olvido: la hacienda de Santiago de Punchauca emerge desde el polvo y nos grita su existencia, pero su voz languidece de inmediato…

 

                          

    

Es un domingo cualquiera del mes de abril. Una sucesión de campos de cultivo, tierras abandonadas y un aroma a melancolía se dibujaban en nuestras ventanas… El viaje llegaba a su fin…

Los papeles que llevamos nos revelan el significado de Punchauca: Punchau quiere decir día con sol; y huaca, lugar sagrado.

De pronto, los neumáticos de la couster de turno se detienen en el kilómetro 25.2 de la antigua carretera Lima - Canta: hemos llegado.

Extinguida la polvareda inicial, nuestros primeros pasos nos acercan a un paisaje rural. Dos hileras de vetustas casuchas marcan el camino hacia unos 1400 metros cuadrados de ruinas que parecen cerrar el camino.

La arena se levantaba al compás del viento y ya casi no distinguíamos el horizonte…

Tres de la tarde del 2 de junio de 1821: El virrey La Serna llega premunido de sus mejores argumentos. Frente a la entrada principal aprecia el calabozo debajo de las escaleras. Adentro, un ansioso libertador esperaba el momento preciso para exponer su propuesta monárquica. En ese encuentro -en el salón principal- se decidió gran parte del destino del Perú.

¿Gustan algo?”, decía una voz que irrumpió en nuestras mentes. Se trataba de la dueña de una de las tres tiendas apostadas en la hilera izquierda del breve camino a la casona abandonada…

Advertimos entonces que Punchauca no era lo que esperamos encontrar, por lo menos hasta ahora.

Toc! Toc! Toc!”. Volteamos justo cuando las bolas de marfil se despedían de su efusivo encuentro para ir a parar en las canastillas de una mesa de billar, aunque muchas quedaron sembradas sobre aquella alfombra verde. El jugador de turno acababa de salvar la partida con ese extraordinario toque. De pronto, nuevamente el silencio.

Nos dejamos guiar por nuestra anfitriona hasta la última de las tiendas del camino. Pedimos algo de beber mientras pensábamos qué preguntar, pero más aún qué no preguntar.

Las referencias que obtuvimos antes del viaje mostraban un Punchauca abandonado, invadido tan solo de viciosos, suciedad y peligros.

¿Es peligroso adentro?”. Es mi compañero que quiere tomar sus precauciones antes de iniciar el recorrido. La mujer lo mira extrañada, sonríe y responde con ternura: “¡Qué va a ser peligroso, niño! ¡Siempre vienen estudiantes, como ustedes!”.

Cruzamos los casi 50 metros de tierra y piedrecillas que separan Punchauca del hogar de doña Juanita, aunque para ella hace años que ambas cosas son lo mismo. Las gradas parecen ceder ante nuestras pisadas, pero es sólo el temor con el que afirmamos nuestros pies en los escalones sucios, rajados, incompletos, olvidados…

 Dos de junio de 1971: Se colocaba una placa sobre el calabozo del frontis de la hacienda de Punchauca, en conmemoración del sesquicentenario de la Independencia del Perú...

 

                       

  

¿Y la placa?”, pregunté intrigado al observar que dicha lámina no estaba más donde indicaba la fotografía de aquel suceso. Más tarde me daría cuenta de que no se hallaba en ningún lado: había desaparecido hace mucho, como tantas otras cosas aquí…

Veintitrés de julio de 1980: el Ministro de Educación, resolución en mano, declaraba los restos de la construcción como Patrimonio Monumental de la Nación...

¿Qué había en este cuarto?”, inquiere mi sorprendido acompañante. Estamos frente a lo que en su tiempo fue la capilla de la hacienda. No existen rastros del altar, mucho menos de la imagen del apóstol Santiago. Según versiones de algunos pobladores, la madera del santuario fue usada como leña y Santiago fue bajado de su caballo y sometido a las mismas crueldades que en su nombre se cometieron con los indios: fue torturado, excomulgado y desterrado.

Sobre los muros de adobe en la ex casa hacienda de Santiago de Punchauca se sobrepone otro monumento: el de la estupidez e irracionalidad humanas. Una serie de pintas, dibujos, mensajes y garabatos tan vejatorios como irreparables.

                         

 

                         Curso: Nuevo Periodismo

                         Erwin Valenzuela Serrano

                     

La crónica imposible - Crónica

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       La Crónica imposible

¡Despierta! Abrí los ojos con la fría melodía del eco incesante de esa orden. Tan fría como aquella mañana en el cada vez menos colonial Rímac. Tan indiferente como la cruda realidad que rodea las faldas de los cerros en estos lares. Es el último lunes de marzo del 2007 y a la vez el primer lunes de clases en la universidad.

Noveno ciclo en la escuela de Comunicación Social en San Marcos. Ese es el título de mi día. Conviene ponerle nombre a las cosas, también a las mañanas. No sabemos si sea, acaso, la última que veamos.

La clase de Nuevo Periodismo que hoy inaugurará mis labores universitarias me inquieta. En realidad, lo que me emociona es tener la posibilidad de escuchar una vez más a Manuel Jesús Orbegozo Hernández. Reportero ayer, maestro hoy. Más bien es ahora más reportero que nunca, pues día a día se enfrenta con todo una vida de recuerdos que transmite feliz a sus alumnos.

Subo las escaleras rumbo al tercer piso de la Facultad de Letras. Son las 10 más 10. No veinte señores. 10 y 10 de la mañana. El corredor está invadido por un coro de murmullos y risas típico de colegio en pleno recreo, pero que hace muchos meses forma parte de la cotidianeidad sanmarquina.

El aula 5c, punto exacto de la reunión del día, luce casi vacía. Con el transcurrir de los minutos la incertidumbre se hizo notar. Unos abandonaban el aula mientras que otros llegaban desesperados por la tardanza.

Qué casualidad. No hay que ser injustos, pero del maestro Orbegozo una demora a tan importante cita era difícil de esperar. No obstante, al igual que en el ciclo anterior no acudió puntualmente. Tal vez sean sus más de ocho décadas a cuestas. Preferimos pensar que es una postura política. Sí, darle la contra a la campaña del Gobierno por la puntualidad. Seguramente podríamos variar aquello de Perú, la hora sin demora por un más sincero Perú, la hora sí que demora. Al margen de las bromas, y aunque su justificación no haya convencido a casi nadie, cabe reconocer en el maestro un admirable sentido de la responsabilidad.

10 más 28 y el maestro, como tantas veces en su vida, estaba frente a un nuevo grupo de alumnos. Mientras el coloquial bullicio se extinguía paulatinamente, el profesor Orbegozo deja sobre el viejo escritorio su fólder, un periódico y unas hojas. Da media vuelta, se acerca a los alumnos y sonríe amablemente como quien saluda a un entrañable amigo que no se ve hace años.

Está vestido con un pantalón beige aprisionado a él por una correa negra, camisa melón adornada con una corbata de dos colores entrecruzados. El saco igual de marrón que los zapatos. Finalmente, un reloj en la muñeca izquierda que apenas se asomaba con los ademanes del maestro.

Hace treinta años que el salón universitario es el segundo hogar para el profesor Orbegozo. Un ex reportero de aquellos que no vacilan ante las misiones más arriesgadas. En fin, alguien que agotó su juventud en casi todos los rincones del mundo.

La adrenalina va en aumento para la nueva hornada de alumnos, ansiosos por palpar el mundo a través de las palabras del profesor. Ese mundo que vio pasar nueve veces al maestro Orbegozo, una tras otra y cada vez con más energías que antes.

Este reconocido comunicador pidió encontrar en nosotros ya no sólo estudiantes sino periodistas. Fueron varias las historias narradas por el maestro a sus nuevos amigos, sus nuevos colegas.

Orbegozo Hernández despertó la curiosidad en todos cuando sacó a relucir un folleto repleto de imágenes. Era el recuerdo de una de las promociones que más esfuerzo le demandó: La promoción imposible de 1978. Más tarde se daría cuenta de que no se trataba de nada inalcanzable. La encargada de hacerle notar su mala predicción fue Blanca Rosa Vílchez, una brillante reportera de Univisión, pero que por entonces le daba más de un dolor de cabeza a su maestro.

Entre los personajes más representativos del collage figuraban María Teresa de Calcuta, Hemingway, Neruda, Gladys Zender, Pol Pot, Pelé, García Márquez, Borges e incluso el actor irlandés Peter O’Toole que no hace mucho perdió por octava vez la chance de coronar su casi medio siglo de carrera con una estatuilla.

Sorprende la vitalidad demostrada por el maestro Orbegozo. Dirigió de pie toda la clase, con voz calmada y mirada firme. Dio por momentos la impresión de sentir ansiedad por transmitir sus experiencias, como algo que no se puede quedar dentro de uno.

“Todavía estoy aprendiendo. Yo creo que todavía me falta mucho”, mencionó el profesor casi al finalizar la clase al tiempo que el silencio se apoderaba del aula. Diremos, con riesgo a cometer un error, que las doce mujeres y siete varones que escuchaban al también director de la escuela quedaron sorprendidos con tal muestra de humildad.

Tras una hora y media de consejos, la singular juventud del experimentado periodista de canos cabellos, resumida en aproximadamente ese metro sesenta despide a sus nuevos amigos con la tarea de escribir líneas como éstas que acaban de leer...

 

                                

                                   

 

 

 
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